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Francisco Toledo. El compromiso con el arte, la vida y con la democratización de la cultura

28 de Abril de 2021

Escrito por Susana Pliego Quijano, directora de Cultura en Casa de México en España

De voz profunda y sabia, Francisco Toledo (1940-2019) es una autoridad imprescindible en la cultura mexicana. Para presentarlo es necesario hacer hincapié en que el maestro combinó su trabajo como artista al tiempo de una destacada labor como ambientalista, gestor, promotor y activista social y cultural.

Prodigioso pintor con dominio de todas las técnicas pictóricas gracias a su infatigable afán de búsqueda y experimentación, Toledo es también dibujante, grabador, fotógrafo, ilustrador de libros, ceramista, editor y escultor.

Trabajando en cuclillas o sentado en el suelo, Toledo crea a partir de la naturaleza; lo mismo interviene un caparazón de tortuga que incorpora a sus obras semillas de jacaranda, huevos de avestruz, piedras, cáscaras de pistachos, jícaras o guajes, hilos de cobre, azúcar, mica, fieltro, radiografías, papel de fibras naturales, entre otros materiales.

A través de los tintes y colorantes naturales, sus obras urden líneas y áreas que se transforman en una danza erótica de formas imaginadas, seres humanos y animales en un movimiento cósmico que nos transporta a un universo mágico y místico perfilado en trazos en los que intervienen el caos y el orden, el azar y el control.

Su obra es profundamente local y, al mismo tiempo, universal. Se nutre de lo que ha visto en libros y viajes, pero, sobre todo, de lo observado en su entorno. Explora su vida familiar, las tradiciones, los cuentos y leyendas zapotecas del istmo de Tehuantepec, la herencia prehispánica, el arte popular y las comunidades.

Exhibe una concepción sagrada del universo en la que el sexo, los animales, el mito y la leyenda se entrelazan para representar la vida misma, a veces con máscaras o calaveras, otras con su propio rostro. La iguana, el lagarto, la avispa, el murciélago, el sapo, el conejo, el pez, el mono, el chapulín (saltamontes) y otros insectos y animales se humanizan que se integran en una metamorfosis erótica en la que la vida y la muerte conviven en una danza perpetua.

A los diecisiete años se mudó de Oaxaca a Ciudad de México. La señora que le daba de comer decía que era «raro», ya que escogía la comida por colores y dibujaba. Eso llamó la atención del pintor Roberto Donís, quien lo lleva con Antonio Souza, promotor de artistas jóvenes. Souza se convirtió en su galerista y le organizó sus primeras dos exposiciones individuales. Con el dinero de las ventas, en 1960 Toledo se fue a París con cartas de recomendación de Souza. El plan era ir por algunos meses, pero terminó quedándose más de cuatro años.

En París, Toledo se encuentra con la obra de artistas como Jean Dubuffet, Paul Klee, Joan Miró y Pablo Picasso. Descubrió, en el Museo del Hombre, el arte primitivo australiano, polinesio y africano, tan admirados por los artistas de las vanguardias. Conoció la obra de Antonio Saura y Antoni Tàpies, y a través de la pintura matérica catalana empezó a incorporar texturas y materiales a sus lienzos. Su obra deriva en un equilibrio; es a la vez contemporánea y ancestral, local e internacional, primitiva y moderna, pero siempre lúdica y llena de humor.

El pintor Rufino Tamayo y el escritor Octavio Paz, quien fungía como consejero cultural de la embajada de México en Francia lo apoyaron durante su estancia en aquel país. Paz le consigue alojamiento en la casa de México ubicada en la ciudad universitaria, lo orienta respecto a sus lecturas y le abre un círculo de amistades. Por su parte, Tamayo le ayuda a vender cuadros, lo que le permite quedarse; y cuando Tamayo marcha de París, le deja sus herramientas para que pueda seguir pintando.

Fue Octavio Paz quien le dice que, al regalarle sus pinceles, clavos y martillos para tensar las telas, Tamayo le estaba pasando la estafeta del arte contemporáneo de su tierra. Y así, con Tamayo y después con Toledo, se inicia una extensa genealogía de artistas oaxaqueños. El papel de Toledo como heredero visible en este proceso es innegable ya que, como veremos más adelante, utiliza el sitio que le deja Tamayo para establecer una serie de instituciones que han servido para formar artistas e impulsar la vida cultural de Oaxaca.

El joven Toledo regresa de Europa porque extraña el clima (nunca le ha gustado el frío). Quiso volver a Juchitán, donde se asolean las iguanas. El primer centro cultural en el que estuvo involucrado es la Casa de la Cultura de Juchitán, establecido en la antigua sacristía de la iglesia. Ahí se fundó un espacio con bibliotecas para adultos y niños, cine, salas de exposiciones y una colección de grabados, pintura y fotografía para consulta pública.

Interesado en revitalizar los proyectos artesanales y generar con ello plataformas para los creadores, Toledo diseñó tapetes y formó un grupo de tejedores para hacer tapices y alfombras en Teotitlán del Valle, localidad famosa por sus tapetes teñidos con tintes naturales.

De joven había encontrado en una biblioteca oaxaqueña reproducciones de obras de William Blake, Picasso y los muralistas mexicanos. Bibliófilo confeso, Toledo prefiere tener un libro en la mano a un peso en la bolsa. Su amor a la literatura se expresa en acciones diversas como promover y financiar la edición y publicación de libros y revistas.

Con alma de antropólogo, Toledo es un defensor de las lenguas originarias. Siente que tiene que ayudar a la supervivencia del zapoteco, por lo que se dedica también a promover la poesía en zapoteco del istmo de Tehuantepec. Funda editoriales e ilustra libros de cuentos, corridos istmeños de héroes, vocabularios y leyendas zapotecas.

Francisco Toledo ocupa un lugar simbólico como líder moral de su natal Juchitán, en Oaxaca y en todo México. Tiene un enorme arraigo a su tierra, una tierra con entrañables raíces ancestrales. Este hombre generoso, íntegro y discreto hizo mucho por su comunidad. A Toledo le interesa lo que sucede a su alrededor. Se niega a ver la injusticia, la pobreza, la desigualdad y ser indiferente. Se preocupa y se compromete en todo lo que puede; siempre está disponible cuando la gente se le acerca en las calles de Oaxaca y le pide ayuda. Así, usa su influencia para lograr mejoras en su comunidad, apoyando a muchas personas, proyectos e instituciones.

Si hay alguien que conoce el poder de la cultura para transformar una sociedad y promover la movilidad cultural es Francisco Toledo. Dedicó su liderazgo, recursos y trabajo a establecer un legado que permitiera a jóvenes sin recursos viajar para visitar museos y exposiciones, acercarse a la música, la literatura, el cine, las artes visuales, la danza, la botánica y, con ello, ampliar su formación y propiciar que pudieran dedicarse al arte. Lo cierto es que Toledo tejió en Oaxaca una red de instituciones de libre acceso que cubren el amplio espectro cultural y que fungen como activadoras de la vida cultural, ninguna de las cuales lleva su nombre.

Sin un plan preconcebido del enorme impacto que tendrían a la larga, estos proyectos nacidos desde la sociedad civil integran a la comunidad y dan sentido a espacios que se convierten en públicos. Algunos edificios los dona él y otros los consigue como cesiones del gobierno. En todos los espacios que él fundó, buscó la colaboración de otras asociaciones civiles, particulares, del gobierno estatal y del gobierno federal, esto con el único sentido de que los proyectos se lograran. Toledo transformó así el paisaje de la ciudad, convirtiéndola en un semillero de artistas, un espacio abierto dedicado a la creación, con acceso público a bibliotecas, eventos, exposiciones y debates.

Entre las instituciones que ayudó a fundar se cuentan el Museo de Arte Contemporáneo y el Jardín Etnobotánico de Oaxaca. También promovió la recuperación del acervo bibliográfico de la Universidad Autónoma Benito Juárez y la búsqueda una sede digna, lo cual derivó en la fundación de la Biblioteca Fray Francisco de Burgoa, actualmente dentro del ex convento de Santo Domingo de Guzmán.

El Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), establecido en 1988 en una casa en donde vivió el pintor y posteriormente donada por él para la creación de la institución, cuenta con una enorme biblioteca especializada en arte, una colección de arte gráfico y debajo de una gran buganvilia que el artista sembró hace más de cincuenta años.

En el IAGO se encuentra elCentro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo que integra una gran biblioteca de fotografía, un cuarto oscuro y una sala de exposiciones. Se puede ver cine de autor en la Cineclub el Pochote, escuchar música en la Fonoteca Eduardo Mata, o leer libros en braille en la Biblioteca para Ciegos Jorge Luis Borges y ver exposiciones en sus galerías.

En cuanto al Centro de las Artes San Agustín (CaSa), se trata de un espacio de arte ecológico, establecido en una antigua fábrica de hilados y tejidos en San Agustín Etla, un pueblo cercano a la capital de Oaxaca. Es un centro de formación, creación y experimentación artística en el que se desarrollan actividades en los más diversos campos: teatro, música, danza, fotografía, gráfica digital, curaduría de exposiciones… También cuenta con habitaciones para el alojamiento de artistas residentes. El objetivo es lograr la expresión artística a través de los materiales con una visión amplia. Ahí se producen, entre otros, papel, joyería, textiles, arte objeto y afelpados. En el taller de papel se trabaja con pigmentos naturales y procesos ecológicos y sostenibles ya que el agua utilizada se regresa a la red hidráulica de la ciudad. El objetivo es democratizar el arte y hacerlo accesible para todos, un sueño del artista desde que descubrió la belleza en la ciudad: desde la herrería y los diseños de los azulejos, hasta las lámparas y otros objetos utilitarios. Se utilizan los materiales de la región para hacer papel con fibras de algodón, cortezas de árboles y baba de nopal.

El sentido de comunidad del artista lo llevó a luchar por la defensa del patrimonio histórico y artístico oaxaqueño. Así, el Patronato Pro Defensa y Conservación del Patrimonio Natural y Cultural del Estado de Oaxaca (Pro-Oax), fundado en 1993 por Toledo y un grupo de creadores artísticos y activistas, luchó para detener el derribo de casas antiguas, proteger las zonas arqueológicas de asentamientos irregulares para que las tierras que los rodean solo se utilicen para actividades agropecuarias, evitar el establecimiento de McDonald’s en el centro de Oaxaca, buscar una sede adecuada para el Archivo General de Oaxaca o evitar que la industrialización voraz causara destrucción ecológica y la modernización se condujera desordenadamente. Protegió el mobiliario urbano del centro de la ciudad y lo rehabilitó. Otras de sus acciones llevaron a rescatar ríos contaminados, o a manifestar su oposición radical al uso de maíz transgénico o al establecimiento de un gran centro de convenciones.

En 2001 Toledo llevó a cabo el provocador e irónico gesto de sumarse al programa Pago en Especie y pagar sus impuestos a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público con Los cuadernos de la mierda, parte de una serie de veintisiete cuadernos de apuntes. En ellos representa de una forma estéticamente bella a seres en el momento de defecar, como parte de la vida. Estas representaciones escatológicas derivan en una sinfonía de formas y colores terrosos, resaltando la simbiosis entre animales, humanos e insectos con el paisaje y la naturaleza.

Para Toledo, la expresión artística sirve también para contribuir a la justicia. La exposición Duelo (2015-2016) en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México presentó casi un centenar de esculturas hechas en el CaSa que refieren a la violencia, la desaparición de personas y las víctimas de la delincuencia. Las esculturas de arcilla negra teñidas con pigmento rojo también evocan el cinabrio con el que los mayas cubrieron a sus muertos.

Según la tradición zapoteca, los papalotes enlazan los mundos de los vivos y los muertos. El hilo guía a las ánimas para descender al mundo terrenal durante las festividades de Día de Muertos. Toledo retoma esta tradición e imprime los retratos de los 43 jóvenes desaparecidos en Ayotzinapa y los vuela junto con la comunidad en una acción poética. Después los coloca junto a una manta negra que exige justicia en el exterior del IAGO. Toledo apunta: «Como a los estudiantes de Ayotzinapa los habían buscado ya bajo tierra y en el agua, enviamos los papalotes a buscarlos al cielo».

Con la memoria agradecida rendimos hoy este pequeño homenaje a una personalidad indispensable en la cultura mexicana, con el deseo de que su ejemplo y su legado permanezcan por siempre.

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