Cine

Una mitología mexicana | Ciclo «El Indio» Fernández

03 de Febrero de 2021

Escrito por Rafael Aviña

“Solo existe un México: el que yo inventé”, solía decir una figura excepcional del séptimo arte: Emilio Fernández, el Indio, a quien las leyendas atribuyen haber sido el modelo de donde saldría la estatuilla del Oscar, un romance con Greta Garbo, su amistad con Rodolfo Valentino o que escribiera el argumento de María Candelaria (1943) en servilletas de papel. Y es que el trabajo fílmico del actor y director mexicano destaca por la creación de un cine nacionalista que rescata del olvido al indígena, el grueso de la población que se preparaba para la llegada de una modernidad planteada en breve por el gobierno alemanista (1946-1952).

          En la obra del Indio coinciden la arenga cívica, el folclor, el paisaje mexicano y la dignidad del indígena, al tiempo que creó los primeros arquetipos del género: el patrón altivo y cruel en ocasiones, el indígena honesto y noble y, a la vez, orgulloso y viril; la mujer abnegada y sumisa o la hembra arrojada y empoderada como lo ejemplifica María Félix en Enamorada (1946) o en Río Escondido (1947). A su vez, Emilio Fernández supo rodearse de un equipo de colaboradores notables: Gabriel Figueroa en la fotografía, Mauricio Magdaleno, guionista, y luminarias como Dolores del Río, Pedro Armendáriz, María Félix, Columba Domínguez, Roberto Cañedo o Rodolfo Acosta, en un país de nubes, magueyes y discursos cívicos que se entremezclan con las calles humeantes de una urbe proletaria que destila alcohol, sudor y bajas pasiones, como se aprecia en Salón México (1948) o en Víctimas del pecado (1950).

          Luego de una infancia cruenta en épocas de la Revolución, el Indio emigró a los Estados Unidos a finales de la década de 1920 y consiguió trabajo como extraen Hollywood bajo las órdenes de Cecil B. De Mille o John Ford. Se dice que Emilio Fernández trabó amistad con Rodolfo Valentino y que fue él quien enseñó a bailar tango al galán hollywoodense. En esa misma época, el diseñador de producción de MGM, Cedric Gibbons, quien cortejaba a Dolores del Río, Lolita, trabajaba en el prototipo de una estatuilla que serviría para premiar lo mejor de la industria fílmica y utilizó por recomendación de la actriz mexicana al joven y atlético Emilio Fernández como modelo del Oscar que apareció por vez primera en 1927, año en que nacieron los galardones.

          Se dice también que, en agradecimiento, el Indio convirtió a Lolita en protagonista de sus primeros éxitos y que incluso escribió la trama esencial de María Candelaria en varias servilletas durante una comida con la actriz. Todas estas anécdotas están más próximas a fantasías que el propio Emilio Fernández alentaba que a la propia realidad. No obstante, otras curiosidades salpicaron su carrera: por ejemplo, en el clásico de Fernando de Fuentes Allá en el Rancho Grande (1936), el Indio Fernández hace un cameo zapateando El jarabe tapatío con Olga Falcón y también son sus pies los que se observan en el baile inicial del danzón en Salón México (1949).

          Antes, a fines de 1941, el Indio Fernández había debutado como realizador en La isla de la pasión, escrita por él mismo. Meses atrás, en una plática en la cafetería del Hotel Regis, no solo había transmitido al joven actor David Silva su pasión por el puro, sino que lo convenció de acompañarlo en ese proyecto. Silva entusiasmó a amigos adinerados y consiguió cincuenta mil pesos para que el Indio, quien por esa época vivía en una cochera de una casa en la Colonia Condesa, se convirtiera en director. Por supuesto, el Indio otorgó el papel protagónico a Silva en este melodrama patriótico, centrado en un batallón olvidado en la famosa isla Clipperton que perteneció a México hasta 1931.

          No son estas las únicas anécdotas sobre una figura cuya leyenda crece y se recompone con el tiempo. Otro de los hechos que se atribuye a Emilio Fernández es que dedicara una calle a uno de sus tantos amores platónicos, nada menos que la bellísima actriz estadounidense Olivia de Havilland, de quien se enamoró al verla en la película Lo que el viento se llevó(1939). Se dice que el Indio la cortejó sutilmente a distancia y que, al darse cuenta que aquello no daría frutos, decidió que la calle de su fortaleza construida en Coyoacán hacia 1946 llevara el nombre de la estrella de Hollywood. 

          Si a Dolores del Río, Emilio una vez le obsequió una caja con doce luciérnagas vivas en lugar de una docena de rosas, ¿por qué a la Havilland no le regalaría una calle? Para ello el creador de películas como María Candelaria, Las abandonadas o Enamorada se entrevistó con el mismísimo presidente de la República, Miguel Alemán Valdés, quien acababa de tomar posesión del cargo, quien le remitió al regente de la ciudad, Ernesto P. Uruchurtu. Así, el Indio consiguió que se ampliara la calle de su casona ubicada en el número uno, e inaugurarla bajo el nombre de calle de la Dulce Olivia. 

          Ahí, en esa residencia de piedra, madera y ladrillo, modificada y vuelta a modificar de manera constante, visitada por múltiples personalidades como Dolores del Río, María Félix, Pedro Armendáriz, José Alfredo Jiménez, Diego Rivera, John Huston, María Callas, Marilyn Monroe o Elizabeth Taylor, entre muchísimas otras, se cocinó literalmente otra curiosa anécdota. Se comenta que Fernández llegó un día con varias copas de más a su mansión de Coyoacán rodeado de amigos, y le pidió a su mujer de entonces, la bella actriz Columba Domínguez, estrella de su película Pueblerina, que les preparara un molito. De manera curiosa, ella lo cocinó muy rápido, parecía haberse adelantado al antojo de su marido. El Indio saboreó el guisado y presumió ante sus amigos de las dotes culinarias de su esposa. Después del banquete, llevó a sus invitados al patio a que admiraran su mejor adquisición en años, según decía: un hermoso gallo de pelea que le había costado muchísimo dinero. Al no encontrarlo por ningún lado, gritó a la actriz: “¿Dónde chingados está el gallo colorado?” “¿Cuál?”, le respondió ella atemorizada. “¿Cuál había de ser?, ¡el que estaba en el patio!” “¡Ah… ese! ¡Te lo acabas de comer en mole! ”Y ahí terminó el matrimonio…

Sobre el ciclo  Solo existe un México: el que yo inventé. Emilio «El Indio» Fernández.

Con motivo del 35 aniversario de la muerte del director de cine Emilio «El Indio» Fernández, presentamos un ciclo con las cinco películas más emblemáticas dirigidas por el histórico realizador. Este ciclo se enmarca dentro del programa de cine clásico de Casa de México en España que busca dar difusión al vasto patrimonio fílmico mexicano para familiarizar al público español con la historia del cine mexicano.

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